Algunos “Soliloquios de Belén”, de Giovanni Papini

¡Una Feliz Navidad a toda la comunidad escolar agustina!

Los siguientes son algunos de los nueve soliloquios del escritor italiano Giovanni Papini (1881-1956) sobre el Nacimiento de Cristo; son unos bellos textos escritos desde la perspectiva de quienes fueron testigos de aquel acontecimiento del nacimiento de Jesús, tanto desde lo humano: el posadero, el dueño del establo, el pastor que se quedó atrás, como de los animales que estaban en aquel establo: el gorrión en el tejado, el buey, el asno. Los invitamos a leerlos en algún momento de recogimiento, en el entendido que corresponden a una recreación artística de un escritor que se convirtió al catolicismo.

El dueño del establo

Ya he dicho que sí, casi me arrepiento… En la posada no los han querido, no tenían dónde caerse muertos… Son débiles: me he dejado conmover, especialmente por ella, con esa cara humilde y sin embargo apasionada, con sus ojos de niña que ha venido de un mundo más claro que el nuestro.  Y parece que lleva un gran secreto contra el pecho como otra llevaría un ramo de flores. Es tan inocente, cándida, pura, que parece imposible que tenga que parir de un momento a otro.

No he tenido valor para sacármela de encima, de noche, en ese estado: acaso he obrado mal, pero ya no hay remedio. Se han sentado en el establo, en silencio, como si esperasen sin palabras o esperasen un milagro.

También el viejo parece una persona de bien. Asiste a esa pobre mujer con tantos miramientos como si ella fuese una reina y él un señor convertido en esclavo. No entiendo nada. Van por el mundo, solos, sin un criado, sin una mujer que pueda ayudar a esta niña que está a punto de sufrir… ¿Por qué habrán salido precisamente los últimos días del embarazo? Llevar a esa pobrecita por los caminos, en este mes frío y en sus condiciones, no es propio de un hombre juicioso.

Total, que no he tenido valor para dejarlos marchar desconsolados. El establo es viejo y sucio, pero, por lo menos, tienen un poco de techo sobre la cabeza y las bestias siempre dan un poco de calor. Aunque me haya equivocado, lo he hecho con un buen fin: el Señor no me castigará. He sentido como si una voz interior me empujara a albergar a esos dos pobres extraviados. Y hasta el Libro ordena dar alberque a los peregrinos abandonados. ¡Dios quiera que todo termine bien para ellos y para mí!

El pastor que se ha quedado atrás

¡Qué furia, mis compañeros apenas han hablado con aquellos jóvenes desconocidos! Yo soy más viejo, y no puedo correr como ellos, pero, en compensación, conozco el mundo un poco mejor que ellos.

¿Quiénes serán aquellos luminosos? Aquí en el pueblo nunca los habíamos visto. Deben ser forasteros y de los forasteros hay que fiarse hasta un cierto punto. Ponerlos a prueba, interrogarlos... No, señor, mis compañeros, en seguida, a las primeras palabras, han levantado los brazos como alas y han salido corriendo como el viento.

A decir verdad, aquellos hombres no parecían ni hombres como nosotros. Tenían la cara y los vestidos iluminados, sin que pudiera entender de dónde venía la luz. No se llevaban linternas, el fuego estaba apagado y luna no hay. Y, sin embargo, parecía que tenían delante un fuego más que ardiente. Podrían ser espíritus del Señor, pero también podrían ser fantasmas o, peor todavía, demonios que ruedan de noche.

En cambio, estos cabreros se han quedado allí, con la boca abierta, escuchando, y se lo han tragado todo en seguida. ¿Y qué han sabido? Que allá abajo, en aquella gruta, ha nacido un Rey. Pero, por lo que he aprendido en los setenta años que estoy en el mundo, los reyes nacen en los palacios de las ciudades y no en las cuadras, en medio de las porquerías de los animales.

Y parece ser que este Rey desciende nada menos que de David y el Hijo de Dios. Pero nuestro Adonai, que yo sepa, no tiene hijos: es el Señor único, creador del cielo y de la tierra y no hay otros dioses fuera de Él. En cuando a la familia de David, después de mil años y pico, mucho me temo que no quede de ella en la tierra ni sombra. Y esos corren, como locos, perseguidos, para ir a ver el milagro. Sin embargo, también yo quiero ir allá abajo: nunca se sabe…

 

El gorrión en el tejado

No entiendo nada de lo que pasa. Luz arriba y luz abajo. Parece que se está haciendo de día y, sin embargo, este no es calor del sol. Me parece que hace poco he regresado al nido y en esta época del año las noches no terminan nunca. No puede ser la mañana. Aquí hay un misterio. Abajo en el establo oigo voces; arriba en el cielo otras voces, no sé de quién. ¿Será posible que los hombres se hayan puesto a volar como nosotros? ¡Será nuestra ruina!

El hecho es que esta noche no es posible dormir en paz.

Y a mí, que mañana a primera hora tengo que levantar el vuelo para buscar alguna semilla o algún residuo para no morirme de hambre, estas luces y estas voces no me convienen nada.

Las otras noches estábamos tan en paz que era un encanto. En verdad no sé lo que tiene que buscar la gente a esta hora para fastidiar a un pobre pájaro que durante el día tiene que afanarse para ganarse la vida. ¿Por qué no duerman tranquilos, como hacía yo?

Parece imposible, pero esos brutos gigantes de dos piernas parecen creados aposta para nuestro castigo. O nos hacen prisioneros, o nos matan, y, no contentos con esto, me fastidian el sueño.

El buey

¿Quién habrá dado a esos el derecho a invadir mi casa? Es la primera vez que los veo. Esa joven no es la mujer del guardián, y ese viejo no es el boyero. Y, sin embargo, están haciendo de dueños y hasta han ocupado el pesebre destinado al heno. ¿Qué señorío es este?

¿Qué habrán puesto dentro del pesebre?

¡Vaya! Ahora lo veo. Es un hijo de mujer, ¡un hombre apenas nacido! ¡Pero qué diferente es de todos los demás! En mi vida he visto una criatura parecida. No llora, como hacen los niños, no duerme, no gime, no grita. Tiene los ojos abiertos, grandes, serenos, como el cielo de abril. No parece un niño de verdad, sino una aparición, un pequeño Dios que por equivocación ha ido a parar en medio de la hierba seca…

Nunca me había dado cuenta de lo oscuro y sucio que es este establo. Me avergüenzo de no tener un sitio más bello, más digno de él. Descubro las telas de araña que antes no había visto; las maderas carcomidas; las losas del suelo todas húmedas, todas negras. ¿Cómo es posible que un ser tan milagroso haya escogido esta mugrienta cabaña para venir al mundo?

De él emana un resplandor caliente, una luminiscencia amorosa que atraviesa todas las cosas y hace bien al corazón. Los hombres no son así ni cuando nacen. Los hombres son duros, burdos, crueles, tristes…

Ahora sonríe y parece que quisiera hablar. Se da cuenta de que le miro y parece que me da las gracias. No tiene miedo de mí. Casi diría que me quiere y que me quisiera consolar. En ninguna mirada humana he descubierto una expresión igual.

Ya soy viejo y he trabajado durante tantos años que mis pobres huesos están cansados. Pero por él haría cualquier cosa; llevar a cuestas una montaña, arar todos los campos de Judea.

¡Qué podría hacer por él? ¿De qué manera demostrarle mi reconocimiento? ¿Calentarle con mi aliento? Pero ¿seré digno yo, animal de yugo, de acercarme a ese cuerpecillo que reluce?

El asno

Dios ha querido que antes de morir viera cosas maravillosas. ¡Todas las noches aquí dentro, en las tinieblas, cansado y triste, pensando en mi vida desgraciada, sin otra compañía que un buey o un ratón que roe!

Ahora en cambio, me parece estar en el corazón del mundo. Un esplendor que palpita, un cántico que baja de los cielos, una mujer más bella que las otras mujeres, un niño que roba el sosiego a quien le ve. Yo no soy un sentimental, como mi blanco compañero, y tampoco un supersticioso, como mi dueño. Y, sin embargo, no tendría ganas de arrodillarme como hacen estos cabreros que han acudido aquí, corriendo, como si los hubiera convocado un Dios.

También yo he rodado lo mío; una vez he estado en Damasco y seis veces en Jerusalén. Pero no recuerdo un prodigio como este, nunca me he sentido tan feliz como esta noche.

Esa joven que inclina su rostro bellísimo y pálido sobre el fruto de su sangre., casi me hace llorar por no sé qué nueva ternura. Y ese hombre anciano que contempla a la mujer y al niño como si hubiera arrebatado a la felicidad por un sueño. Y esos pastores que tienen la cara más enrojecida por la alegría que por el reflejo de las llamas. Y esa criatura dulcísima tendida en el pesebre, que contempla a todos como si quisiera atraerlos, como si los quisiera consumir con su corazón.

Ese no es hijo de un hombre. He oído decir a los pastores que les fue anunciado el nacimiento de un Dios. Cuanto más lo miro, más me parece verdad. Los hombres no tienen esos ojos, no exhalan ese fulgor.

¡Y pensar que yo lo he visto nacer, yo, pobre bestia de carga, despreciado por todos! ¿Por qué misterio ha querido iniciar su vida aquí, en este pesebre destartalado, destinado a nuestros morros hambrientos? ¿Por qué arcana razón soy digno de ser espectador de un portento tan increíble: el nacimiento de un Dios?

Soy el último de los animales de la tierra, soy un pobre saco de piel llagada y de huesos molidos; pero no me eches, Niño; permíteme también a mí amar a Aquel que un día quiso crear hasta a mí.

Extensión y Cultura, diciembre de 2017