COMENTARIO SOBRE LIBRO: LOS PRÍNCIPES DE LA ANTIGUA CORTE

 

Cuatro personajes protagónicos dan vida a esta novela ambientada en Bucarest de las primeras décadas del siglo XX. Uno de ellos es el narrador testigo que nos va contando lo que ocurre con estos y su relación con ellos, los otros son Pasadia, Pantazi y el crápula Pirgu. Por los dos primeros el narrador-personaje siente admiración, mientras que rechazo, repudio por Pirgu, un personaje distinto de los anteriores, aristócratas reñidos con la vida, como de espaldas a ella, a los cuales une la melancolía, la tristeza. El pasado esplendoroso ha dejado paso a la decadencia actual, en que se sumen en su soledad, en el refugio de la taberna o el descenso hacia los lugares más sórdidos de la ciudad, guiados por Pirgu. Son amigos que dejan pasar la vida en esto. Pantazi fue alguna vez un gran viajero, es un excelente contador de historias, y el narrador siente por él una gran admiración, se ve en él, como si fuera su “otro yo”. Pasadia, de quizás un oscuro pero poderoso pasado, retirado entre sus libros y documentos, intenta hace muchos años escribir una obra que también condenará al olvido, la destruirá; está enojado con todo lo rumano, detesta lo que ocurre y ha ocurrido con su patria, su casta, su vida. Pirgu es el contrapunto de estos dos seres sensibles, cultos, y tristes; es el personaje bufonesco, el que quiere ascender socialmente, el que no trepida en interrumpir cualquier conversación elevada del espíritu, para hablar de lo elemental, y quien los guía por ese mundo de decadencia, lupanares y de abandono.

La novela retrata no solo la decadencia de estos personajes, ni la de su casta, sino que también trasciende la historia de unos hombres que viven en Bucarest, donde todo puede suceder, sorprender. De hecho en el epígrafe de la primera parte, se señala: “Pero, ¿de qué se extraña. Estamos en las puertas de Oriente, donde todo se toma a la ligera”, anunciando con ello un punto de inflexión entre una cultura y otra, entre Occidente y el Oriente. La historia trasciende lo particular de estos personajes, teniendo estos visos de universalidad. Ellos nos parecen familiares, conocidos: seres que deciden abandonarse en algún momento, anclados en los recuerdos, queriendo desaparecer, continuando el camino con tristeza y melancolía, y hallando refugio en la conversación con amigos en los bares, y en este caso entregándose al descenso hasta tocar fondo.Por otra parte, personajes que ambicionan linajes, heráldica, y desean vivir en el gran mundo, pertenecer a círculos aristocráticos, pero sin los valores que, en esencia, deberían ser los que caracterizan a la nobleza.

El libro abunda en citas a autores y hechos históricos, perfectamente contextualizados, pues obedecen al lenguaje cotidiano de los ilustrados Pantazi y Pasadia, que no recargan la obra de datos innecesarios; las descripciones del entorno, lo mismo. Escritas desde la notable sensibilidad poética del autor. El ahondar en el alma de sus personajes, nos revela a un conocedor en profundidad de lo humano, lo que le permite crear y develar a personajes complejos, que representan un momento histórico de una clase social, que reflejan una época y un mundo acotado, pero que se liga con lo universal del ser humano. Sin duda que Pantazi, Pasadia y Pirgu, y el mismo narrador-testigo, representan una historia acontecida en Bucarest en un determinado tiempo, pero trascienden esa historia. Puedo decir que he creído vislumbrar o conocido a estos mismos personajes en alguna ocasión en la vida real de estos lados del mundo lejos de las puertas de Oriente…

En lo personal, me parece una bella historia bien contada, plena de sensibilidad y humanidad, una  hermosa novela, obra considerada una de las mejores de la literatura rumana del siglo XX. Y la traducción de Sebastián Teillier hace que uno olvide que está escrita originalmente en una lengua distinta, para asumir el buen castellano, con giros que reconocemos como nuestros, y que conservan el espíritu de lo que alguna vez se vivió, se pensó y se escribió en otra lengua romance.

J.M.R., enero de 2016