EL P. ALFONSO ESCUDERO, O.S.A. EN EL LIBRO “EN CITROLA A CANADÁ” DE JUAN LORENZINI CORREA

 

 Releyendo un libro clave dentro de la literatura de viajes chilena, “En citrola a Canadá” (1972) del escritor Juan Lorenzini Correa (1925-1995), exalumno y exapoderado del Colegio San Agustín, en que narra el viaje realizado con su cuñado Luis, Gigi, a Canadá en una citroneta, auspiciado entonces por la Citroën, he dado con una página en que el autor hace recuerdos del Padre Alfonso Escudero, O.S.A. (1889-1970, prestigioso intelectual agustino, profesor del colegio, maestro de muchos, fundador de la Revista Toma y Lee). El libro –el cual tuvo una excelente crítica en su tiempo y del que se prepara una reedición para este año 2016– resulta apasionante, entre otras razones, porque se va escribiendo “a la vera del camino”, a medida que estos dos aventureros se van abriendo camino por América del Sur hacia América del Norte.

Juan Lorenzini hace memoria del P. Alfonso Escudero en una bella página, la que citamos aquí por el mérito de reconocer a aquel maestro agustino, sacerdote, educador y literato. texto que hace referencia a la Basílica de Santo Domingo, en Quito:

“Al regreso de Luis partí, a mi vez, a echar un vistazo a la famosa iglesia de Santo Domingo, tan rica en especies eclesiásticas e históricas.

Mientras recorría, con tanta curiosidad como devoción, la solemne nave central, con su hermoso altar mayor, el Coro y los altares laterales, todo poseído de clásica belleza colonial que tocaba las más escondidas fibras del alma, lamentaba no ser llevado de la mano por algún experto guía, de esos que unen a la erudición la vocación por la belleza y por el significado que tienen los diversos hechos esculpidos por los hombres en la materia que conforma el universo. Se me vino a la mente la figura recia, de rebelde pelo cano y agresivas cejas disparadas como fulmíneas saetas inquisitivas, que coronaban la desenvuelta figura membruda, apenas disimulada en su gastado y brillante hábito negro y agustino, del padre Alfonso María Escudero. Padre Escudero, para sus alumnos. Padre Alfonso, para quienes llegaban a creer que habían superado su calidad de discípulos. ¡Cuánto conocimiento, cuánta belleza bien digerida hubiera podido apropiarme con su compañía tan selecta, singular en la justa medida del término! Algunos fanáticos ‘alfonsinos’, que han existido de siempre y en todos los niveles, como Solís de Ovando, por ejemplo, aseguran que el padre Escudero hizo milagros en vida. Lo que sí resulta indiscutible es que su sola presencia transmitía conocimiento, inquietudes estéticas, amor por la belleza, dondequiera que esta estuviese o cualquier fuera su forma o contenido, pasión por los viajes, en cuanto manantial inagotable de conocimientos y gozo de vivir, y sentido de la armonía, de la justa medida en la valoración de todas las cosas creadas y los hechos de los hombres. Así debe haber sido, puesto que, parco en palabras y gestos, exacto en la síntesis, llenaba de ideas y hacía que uno se integrase introspectivamente, en buscar la verdad que dentro de cada ser humano anima. Más que enseñar con discursos, con largas y densas exposiciones, inundaba de sugerencias, despertaba ideas propias, pulsaba las cuerdas precisas para producir ecos que pusieran de manifiesto las facultades de cada uno. En verdad el verdadero maestro es aquel que sabe iluminar nuestros propios sentidos y sirviéndonos de nuestra propia inteligencia, podamos conocer aquello que se nos aparezca como potencialmente valioso. Quizá radique en esto la fuerza de la metáfora que fanáticos ‘alfonsinos’ menores aplicaban para significar el valor de la presencia del padre Escudero: ‘La sola presencia del padre Escudero producía aprendizaje por osmosis’.

Pensaba en todo esto, que en los momentos que escribo adquiere toda su justa dimensión, mientras, sentado a uno de los bancos, evocaba la figura y contenido de mi maestro”.

 

Extensión y Cultura, J.M.R., enero de 2016