P. Clemente Farías OSA Q.E.P.D

El día 30 de septiembre, el P. Clemente Farías, osa, “dio el alma a quien se la dio”. Nos dejó, sin embargo “harto consuelo/ su memoria”, muchos recuerdos, buenos recuerdos. Cada uno de quienes lo conocieron, conservará algo de él. Pasó haciendo el bien. Era su vocación, en la convicción entrañable de que era esa la voluntad de Dios.

Un día llevó una cruz que instaló en lo alto del cerro que hay frente a la Casa de Retiro de Casiciaco, y allí estuvo esa, hasta que el viento, el sol, el tiempo, la hicieron desaparecer. Esa cruz era un signo: en lo más alto, la presencia de la cruz de Cristo.

Fue profesor, y concebía la Educación Agustiniana como una pedagogía en que Cristo estaba en el centro de todo el quehacer, desde allí el despliegue de los talentos de cada cual, para construir una humanidad más buena para todos. Una educación basada en lo humano y su trascendencia hacia Dios.

Lo vi leer mucho, siempre, pero no como el intelectual que a veces se ensoberbece con su saber, sino que lo hacía para aprender, acercándose a las fuentes para aconsejar, para consolar después mejor. Escribía, pero tampoco como el escritor que en ocasiones secreta o abiertamente aspira a que sus escritos permanezcan, sino para enseñar el Evangelio, para recordar algún hecho de la Iglesia, de la Orden Agustina, de algún hermano santo o beato que había que no olvidar por su ejemplo de vida cristiana.

Lo vi muchas veces en la capilla del colegio, o muy temprano o cuando ya el colegio había quedado sin alumnos, arrodillado frente al Santísimo, en una solitaria y poblada oración. Un día estaba el que escribe estas líneas en la antigua oficina del Departamento de Lenguaje, en la hora crepuscular, y de pronto alguien toca suavemente la puerta, se asoma apenas, y con una humildad que no deja aún de asombrarme (habrán pasado de esto diez años), me pide permiso para entrar porque necesitaba decirme algo. Él, quien había sido rector del Colegio, Provincial de la Orden, el dueño de casa también y me pedía permiso de esa manera para entrar y comunicarme algo. Compartimos un texto que quería que conociera. Conversamos entonces sobre ese y otras cosas. No olvidaré aquella escena junto al gran ventanal en la hora del crepúsculo y la visita del buen sacerdote como excusándose de haber interrumpido algo…

Cuando murió mi madre en el año 2003, allá llegó, fuera de Santiago, sin avisar,  a acompañar y dar consuelo. Hizo la misa en una capilla atestada de gente que despedía también a una mujer buena y de fe entrañable. Diez años después, cuando murió mi padre, allá llegó, sin avisar nuevamente, otra vez con esa presencia del pastor que da compañía y consuelo. Ciertamente hacía aquello porque era su forma de vivir en clave de lo que Dios le pedía en relación con sus prójimos. Sin idealizarlo, no dejaré de decir que su humanidad y fe eran de la mejor ley.

Muchas veces conversamos sobre lugares. Le gustaba el campo, la naturaleza. Había algo de lo rural en su vida profunda. Quincanque, Cuncumén, Malvilla, Rapel, localidades casi perdidas en el mapa de la zona central: allí había adquirido su amor por la naturaleza, por la vida retirada: “Qué descansada vida/ la del que huye del mundanal ruido”, aunque P. Clemente no se retiró como Fray Luis de León ˗aquel agustino del siglo XVI- a las soledades, pues en este tiempo había mucho que hacer “en la viña del Señor”, mucha gente que lo requería, mucho consuelo por dar. Prefirió estar con Cristo entre la gente, a estar con Cristo en la vida de retiro. Las opciones de la fe.

La última vez que pude conversar con él, ya estaba en la casa de formación de los agustinos en Micalvi. Me avisaron que había pedido verme. Cuando llegué, él dormitaba en su silla de enfermo; tenía sobre sus piernas, en sus manos un libro abierto de poesía. No me anuncié de inmediato, hasta que abrió los ojos. Se alegró de la visita, le gustaba que lo visitaran. Conversamos un tiempo prudente para no cansarlo, y me leyó algún poema. Fue para mí una inmensa y profunda alegría saber que leía un libro de poesía. Luego sacó de entre las páginas un texto de él, y lo leyó. Era un breve texto poético que había escrito. Lo comentamos y recuerdo el manuscrito cordial y claramente. Quedará conmigo, entre muchas otras imágenes significativas que conservaré del P. Clemente.

Luego vino la clínica, más tarde la noticia de su muerte. También la certeza del cielo.  ¡Que descanse en paz, P. Clemente! ¡Bienaventuranza para su alma!

 

JMR, 01 de octubre de 2016